La afirmación de la realidad exterior

La afirmación de la realidad exterior

Hemos dicho que no nos es posible hablar de “verdad objetiva”, entendiendo por ella el dar cuenta del ser de las cosas. ¿Debemos, en consecuencia, inferir que todo es subjetivo? ¿Ha de negarse para el observador la posibilidad de afirmar la existencia de una realidad exterior a él? Evidentemente no. No negamos la existencia de una realidad objetiva. Sólo negamos la posibilidad de un conocimiento objetivo de esa realidad, de un conocimiento que sea independiente del observador que la observa y que, en consecuencia, no se vea afectado por él.

El negar que podemos conocer cómo las cosas son, no significa negar su existencia. La tendencia natural, espontánea, es sostener que la realidad está ahí, y que es tal cual la percibimos. Más aún, que todos la perciben de la misma manera. Esta posición -salvo el caso de los escépticos y algunos sofistas- fue indiscutida por un largo tiempo en la
filosofía. Ni siquiera constituía un problema. Sin embargo, desde los inicios de la filosofía moderna se ha puesto en cuestión nuestra capacidad para la aprehensión efectiva del “ser” de las cosas.

En el siglo XVIII Kant efectúa un giro copernicano en la filosofía al plantear que el entendimiento posee leyes que son previas a los objetos que se le presentan. Para saber qué somos capaces de conocer, debemos saber cuáles son esas condiciones. El ejercicio de esas leyes permite y exige al que conoce ordenar la experiencia desde esas limitaciones. La aprehensión de las cosas en sí escapa a las posibilidades del conocimiento humano, sostiene Kant. Lo único que podemos conocer son las cosas intervenidas -y en consecuencia modificadas- por las condiciones de nuestro entendimiento. Al examinar el hecho del conocer, Kant concluye que esa realidad: la mesa, la silla, los papeles de que hablábamos, es inaccesible para nosotros tal como ella es.

EL PLANTEAMIENTO DE KANT
La estructura de la conciencia está constituida por dos tipos de elementos a priori (independientes de la experiencia). Primero, lo que Kant llama las formas puras de la intuición o la sensibilidad: el espacio y el tiempo. Ambos son formas de organización de la experiencia y no atributos de los objetos. Los objetos no son una condición de nuestra experiencia del espacio, pero el espacio sí es condición de nuestra experiencia de los objetos. El tiempo, por su parte, corresponde a la forma del sentir interior. Es una condición del conocimiento humano que nos obliga a percibir las cosas una después de la otra, en secuencia, puesto que no somos perfectos. Si lo fuéramos podríamos percibir todo de una vez. Kant establece una distinción entre lo que las cosas son al interior del contexto de la experiencia humana: la cosa-en-mí o fenómeno, y aquello que queda fuera de la experiencia: la cosa-en-sí: el nóumeno. Sólo
podemos conocer los fenómenos: las cosas como aparecen a la conciencia.

En segundo lugar, la estructura de la conciencia está formada por conceptos a priori que corresponden a los diferentes tipos de relaciones a partir de los cuales los datos que provienen del mundo exterior se
ensamblan en una coherencia: son las categorías.

Cuando conozco algo, dice Kant, lo transformo, lo modifico. Espacio, tiempo y categorías son aportados por mí en ese acto del conocer, y su efecto es ordenar el caos de sensaciones que provienen del mundo externo. Lo que conozco es el resultado de lo dado por la realidad externa, más lo puesto por mí. Así, el conocimiento es en cierto modo una transformación de lo real. Esto significa que la mente humana no es, como se pensó, una tabula rasa en que vienen a imprimirse los estímulos llegados del exterior. La mente humana interviene activamente en la experiencia que es el conocimiento. El caos de sensaciones es procesado, nombrado, reconocido, sin lo cual “para nosotros no es nada”, como señalara Kant.

Estamos lejos de la noción de que el ser humano era un receptor pasivo de lo que la realidad externa imponía a sus sentidos y a su comprensión: el observador actúa sobre esa realidad y le da la forma, la secuencia y las relaciones que su estructura de observador exige. Lo que llamamos conciencia es un producto de esa acción y en esa acción el observador se constituye. No quiere decir esto que el observador “constituya” la realidad. Sólo constituye la manera en que da cuenta de ella. Y esta manera es propia de él, le pertenece.

EL OBSERVADOR, FENOMENOLOGÍA DEL OBSERVADOR
Rafael Echeverría
Newfield Consulting
Santiago, noviembre de 2007

La afirmación de la realidad exterior posibilita trabajar sobre los siguientes temas: observador, verdad, realidad, subjetividad

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Mayo 21st, 2016 by